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Hola a todos!

Disculpen la ausencia tan larga.  El año pasado estuvo demasiado movido.

Bueno, paso al tema.  Encontré esta leyenda matando el tiempo en internet.  Leí un blog y me puse a buscar más.  Así que acá les traigo lo que se cuenta de este casino y una foto de cómo está actualmente.

Casino Arrabassada Avui2

 

 

Se cuenta que este casino en sus orígenes era de lo más lujoso y que iba la más alta crema de la sociedad española.  En su momento de esplendor fue casino, restorán y hotel.  Pero detrás del lujo y el brillo había una realidad oscura:  la de los adictos al juego.  Estas personas entran ricas a cualquier casino y salen pobres.   Se dice que algunos perdieron absolutamente todo en una sola noche, y que estas personas en su desesperación intentaban suicidarse.   De ahí que la dirección de la Arrabassada decidiera dedicar habitaciones exclusivas para que la persona se suicidara con discreción, sin ensuciar y sin molestar a los demás.

En estas habitaciones, las paredes y el piso eran de un material liso y fácil de limpiar.   Por la sangre que puede ser muy manchadora y pegajosa.

 

Tiempo después, ya venido a menos, fusilaron a treinta personas en la guerra civil.  Tiempo después, mataron a una monja en ese lugar  (dicen que por ser monja pero en realidad no se sabe el motivo).

 

Bueno, hasta la próxima y si saben algo más sobre este u otro lugar siniestro, me mandan un correo que yo lo posteo.

 

Se ve entre las hojas

 

Mi mamá le sacó una foto a este ángel que vi como asomándose entre las hojas y las ramas de los árboles.  Creo que está lindo.

 

 

 

 

 

 

 

 

El padre las había llevado a las dos a un paseo en auto. Como hacía buen tiempo y tenían tiempo pensó que les haría un favor llevándolas hasta el bosque donde una vez habían vivido. Paró frente al chalet que había sido su casa y les preguntó: “¿Quieren bajar?” Su mujer aceptó pero su hija, ya adolescente contestó: “No, gracias” sin mirar. Los dos se quedaron mirándola. Usaba el pelo a la altura de los hombros, se vestía de cualquier manera y tenía cuerpo de una mujer adulta. Miraba por la ventanilla del asiento de atrás justo al lugar opuesto al que su padre señalaba.

Contrariado preguntó: “¿No querés bajarte a ver? Viviste ahí tanto tiempo…”

Pero la señora ya se había vuelto a meter en el auto. “Ella no, se fue muy chica” Interpretando mal sus palabras, el padre le preguntó: “¿Vos te acordás del chalet…?” “Sí, me acuerdo” lo interrumpió “Pero no me interesa”. El padre no entendía nada. “¿No vas a mirarlo?” Ella se asomó a la ventanilla, miró el chalet con atención y dijo: “Ya está”. “¿No vas a bajar?” “No” El padre se encogió de hombros y arrancó. La madre tiempo después le diría que la entendía, que a ella también le había resultado doloroso marcharse de allí. Ella la había mirado seria y le había contestado: “No es eso, es que no me importa. Nada de eso me importa, no me dice nada. Ni me interesa” Su madre se había sobresaltado cuando la oyó decir eso, pero luego pensó: “Es lógico, era muy chica cuando se fue, seguramente ni siquiera se acuerde”.

Mientras, ella miraba seria a su madre “Si te resultaba doloroso, ¿por qué no lo evitaste?”. El pensamiento la tomó por sorpresa. Perpleja se preguntó a sí misma de dónde había salido eso pero no hubo respuesta.

 

Horas después se bajaron para comprar refrescos y caminaron un rato por el bosque para estirar las piernas. Realmente el lugar no había cambiado, sólo habían agregado más construcciones. Algún día dejaría de ser un bosque para ser sólo un balneario más, entre tantos, igual a todos los demás.

Pasaron por una zona que tenía una enorme manzana con un cartelito de ‘Se vende’ al frente. La manzana no tenía más que pasto y arbustos silvestres, básicamente un yuyerío desaforado. El padre observó extrañado que estaba exactamente igual que la última vez que habían pasado por ahí hacía años. Las dos estuvieron de acuerdo. Pero cuando ofreció entrar para dar una vuelta en esa zona poco conocida de su ex-barrio, ella horrorizada se negó terminantemente. Sus padres la miraron sorprendidos pero no discutieron.

Todo seguía igual, era verdad, incluso la sensación de peligro y miedo que le daba cuando de chica pasaba por allí sola.

Sacudió la cabeza. “¿Qué pasa?” preguntó el padre. “Nada” contestó. Por un segundo había tenido delante de los ojos la imagen del camino a oscuras, ella chica, apurada por volver, con miedo de esa zona a la que por error había venido a parar.

La zona era la misma y el sentimiento de urgencia por abandonarla también.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hitsuzen

 

 

    De pie, delante del chalet donde había vivido hasta ese momento, veía como los hombres de la mudanza se llevaban todo. No quería marcharse pero desde que la mujer en la casa abandonada le había hablado sabía que se iría alguna vez. Estaba de pie con los brazos cruzados, seria, la cabeza en alto, un perrito sentado a su lado la miraba con adoración. Otro niño en su lugar hubiera hecho un escándalo, hubiera llorado, pataleado y gritado, se hubiera opuesto con todas sus fuerzas, hubiera roto cosas, se hubiera tapado las orejas. Pero ella no, era “una niña seria” como decía su madre, “no triste, solo seria”.

A veces el perrito corría a ladrar enfurecido a los hombres de la mudanza. Sabía que a su ama le disgustaba todo aquello así que consideraba su deber defenderla y defender sus cosas de aquellos (a todas luces) ladrones. Ella de a ratos lo llamaba porque los hombres amenazaban con pegarle y porque sabía que era demasiado chico para evitar la desgracia, porque sabía que los adultos habían decidido y solo eso contaba, que nada se podía hacer.

Nunca le contaba nada a nadie, a nadie le había dicho del chalet abandonada, ni del bosque, ni de nada. Aquélla mujer con su sonrisa delicada, que la miraba por arriba del hombro la había impresionado; ella quería ser como ella, calmada, digna, casi hierática, que nada la afectase pasara lo que pasara. Como una pintura japonesa que había traído su abuela de un viaje: una mujer de kimono, con un peinado con flores, quieta en medio de una tormenta de nieve. “¿Qué es eso?” había preguntado señalando la figura “Eso es un kimono. Se usa mucho en Japón”. Se había guardado el dedito asimilando la información. Entonces aquella mujer estaba vistiendo un kimono… qué hermoso, ojalá pudiera ponerse uno. Ojalá pudiera ponerse algo en el pelo como aquellas pinzas con flores, tan delicadas. Ojalá pudiera ser como aquella japonesa fuerte y serena en medio de la tormenta.

Por eso, ahora que todo se arremolinaba a su alrededor, se quedaba quieta y esperaba. Ella no podía controlar lo que pasaba como la japonesa de la figura no podía controlar la tormenta. Entonces cruzaba los brazos y esperaba lo inevitable.

 

 

 

Libélula de verano

 

 

Tenía dos o tres años y aunque era nena nunca usaba vestido.  Su madre no se los ponía, a su padre no le importaba y las criaturas del bosque nunca se equivocan de sexo.  A ella la ropa no le importaba.  La casa tampoco.  Ni sus parientes cercanos.  Pasaba el día, volando bajo como una libélula veraniega, por los rincones del bosque y de los chalets a la espera de inquilinos.
Un día encontró un chalet abandonado.  No le llamó la atención porque era usual que quedaran vacíos y abandonados los chalets que no albergaban cuidadores, y que un mes antes de la temporada fueran arreglados de apuro y puestos para alquilar.
Aprovechando que estaba vacío y solo, se metió en el jardín a curiosear.  El chalet tenía una entrada con un par de escalones y un porche.  El techo era a dos aguas, con tejas, con un estilo antiguo.  A un lado había una fuente seca con un bosque de álamos atrás, al fondo había una glorieta y atrás otro bosque o al menos un conjunto abigarrado de arbustos desbocados.  Al frente los sotos que vendrían a ser la cerca habían crecido hasta ponerse peludos y tapar casi todo.
Después de un rato se fue pensando que alguien podría salir a rezongarla por meterse en casa ajena.
Un tiempo después volvió y encontró los pastos más crecidos y la fuente más polvorienta y llena de restos.  Curioseó un rato entre las ramitas, flores caídas y demás, y se fue a la glorieta.  Vista de cerca se veía que estaba muy abandonada: el rosal ya no existía, le crecían todo tipo plantas más bien pinchudas y silvestres, los fierros donde se enroscaban estaban herrumbrados.  El pasto estaba desparejo y en la entrada se arrastraban suavemente con el viento cálido, algunas pinochas.  Empezó a pensar que realmente estaba abandonada, que no vendría nadie por la temporada. El lugar le seguía imponiendo una especie de respeto pero ahora se sentía más tranquila porque estaba segura de que nadie vendría a molestar.
Se detuvo a mirar la fuente, tenía unos dibujos bellos y delicados que estaban quedando grises por el polvo.  Se metió adentro para mirar mejor.  Bajo una gruesa capa de cosas del bosque todavía se sentía el chapotear del agua cuando pisaba.  La fuente estaba hecha de azulejos aunque el fondo ya no se veía.  Se sentó en un borde.  El mundo era grande y hermoso visto desde ahí.  En el silencio humano los árboles conversan entre sí y las criaturas pequeñas comparten sus vidas con quien quiera observar.  Si espera suficiente, si cierra los ojos y olvida al mundo, las hadas susurrarán en sus oído y le darán calor.  Nadie le había contado cuentos, no sabía nada de “fairy tales”, ni sabía cómo eran porque no las había visto, pero sabía que estaban porque las sentía…  y a veces también las escuchaba.  Como escuchaba a los árboles, a las flores y a los pájaros.  Todos decían cosas si se prestaba atención, usaban un idioma universal fácil de comprender.  Sin embargo, nadie de su entorno entendía ni le interesaba entender.  Ni siquiera escuchaban.  Por eso, ella siempre andaba sola.  Prefería la compañía del bosque que la de cualquier humano, adulto o chico.  Quizás algún día conociera a alguien que también entendiera, que también escuchara.  Pero eso a ella no le preocupaba por el momento, vivía perfectamente porque no estaba sola, no pasaba frío y no tenía hambre ni sed.  El bosque se encargaba de esas cosas si llegaba a perderse y no llegaba a tiempo a casa para comer o abrigarse.
El chalet en el que vivían se alquiló, así que volvieron a la capital durante la temporada.  No le molestó, era un cambio de ambiente que le gustaba porque era temporal.
Al regresar, a finales de verano, volvió a buscar “su” chalet.  Seguía tan abandonado como antes, la única diferencia era más polvo, más hojas, más herrumbre, más decadencia.  Al verlo así, comprobar que nadie lo había alquilado, sonrió y pensó:  “Sigue siendo mío”.
Algunos días después volvió a sentarse al borde de la fuente.  Estaba cubierta de hojas secas y crujientes, el agua del fondo ya no existía.  Los dibujos casi no se veían por el polvo y las hojas, apenas se adivinaba qué material cubría la fuente.  Sentada en el borde oyó a los álamos a sus espaldas susurrar historias tristes, lamentando el abandono.  Ella misma pensó que era una lástima que nadie hiciera nada porque debía quedar muy bonita con un chorrito de agua y las hojas flotando en la superficie  (ni se le hubiera ocurrido limpiarla, le hubiera parecido un sacrilegio),  el verde del fondo lleno de musgo que se trasluciera y el sol chispeando en el chorrito, mejorando los colores de los dibujos.
Luego de estar un rato pataleando las hojas, sentada, fue a inspeccionar la glorieta.  Ahora ya no era más que hierros retorcidos.  Todavía se reconocía que en otra época había sostenido un rosal y hasta quizás un techito, pero ahora sólo tenía enredaderas envejecidas con hojas secas enredadas por ahí, y los hierros estaban carcomidos y rotos en muchas partes.  De lejos conservaba la forma, pero de cerca ya no.  Curioseó un poco más a los fondos del chalet  (nunca se había aventurado tan adentro del terreno)  y vio entre el mar de hojas secas, piñas y ramitas, algunos macetas rotas que conservaban aún alguna planta y restos de maderas y un banco roto y despintado.  Seguramente en otra época había sido un paseo.
Al marcharse, pasó por el porche del chalet y la vio.  La puerta estaba entornada.  Adentro se veía oscuro pero si abría la puerta la luz entraría y podría ver…  En ese momento, por algún motivo, le dio miedo y se fue.
Durante varias semanas no volvió.  No sabía porqué pero le daba temor ir allá y averiguar qué había dentro del chalet.  Y sentía que si iba no podría quedarse entre los álamos ni en la fuente, tendría que entrar.  Era inevitable que lo hiciese.
Ya era invierno cuando volvió al chalet.  Comprobó con satisfacción que seguía abandonado.  Aún era su lugar.  Dio una vuelta por los alrededores  (sin meterse entre los álamos, no se les veía muy hospitalarios)  para comprobar en qué estaba todo.  La fuente ya estaba cubierta totalmente de hojas a excepción del cañito del agua.  Las enredaderas se habían secado definitivamente, una rama había partido los hierros que en otro tiempo habían formado un techito.  Todo era un océano de hojas secas y crujientes por el que había que navegar para poder avanzar.  Ya sólo se veían un par de maderones  (dejó para el verano averiguar qué utilidad tenían o habían tenido), de las macetas y el banco no quedaba ni rastro.  Al fondo de todo descubrió un cuarto de herramientas cerrado y un estatuita imitación griego tirada y sucia a un costado, cubierta de hojas también.  De verla desnuda y blanca le dio frío.  Pensó en rodear el cuarto de herramientas para ver si encontraba cómo entrar o ver para adentro pero sintió un vago temor por lo que pudiera haber adentro, por lo que se dio vuelta y se alejó.  Al marcharse miró hacia el porche.  La puerta seguía entornada, aunque un poco más abierta le pareció.  Miró hacia adelante.  Podía seguir caminando, marcharse y hacer como si nunca hubiera visto la puerta abierta.  Pero estaba ahí, la había visto, no podía irse sin asomarse.  No podía dejar de querer ver;  un jardín tan bonito tenía que tener un chalet igual por dentro.  Miró hacia adelante, hacia la calle.  Miró la puerta entornada, la posibilidad de ver, de saber.  “No hay nadie, nadie va a venir a rezongarte. Nadie se va a enterar”.  Miró otra vez hacia adelante y luego alrededor.  Definitivamente estaba abandonada, no había un ser humano en metros a la redonda, nadie se enteraría si entraba y miraba un poco.
Caminó hacia la puerta y la empujó.  La luz cayó en el interior mostrando un lugar tan solitario y polvoriento como el resto.  Puso un pie en la entrada, esperó.  Aunque le pareció que la pisada en el suelo de madera había retumbado, nada sucedió, ni siquiera levantó eco.  Terminó de abrir la puerta y entró, anotándose mentalmente no internarse mucho porque no podría ver nada.  La única luz que había era la de la puerta abierta, quien quiera que hubiera estado allí por última vez se había preocupado mucho en dejar bien cerradas las ventanas y cualquier otra puerta o abertura que pudiera llegar a tener la casa.  Mirando alrededor, la boca se le abrió de asombro y admiración.  En las paredes habían tapices con dibujos de garzas, dragones, plantas y paisajes.  Estaban hechos de un modo sumamente estilizado, con colores delicados y detalles más sugeridos que mostrados.  Todas las líneas eran largas, finas, como hechas con un pincel delicado.  Contra una pared se adivinaba un sofá de terciopelo y una mesita antigua.  Más allá había otra mesita antigua, con un teléfono de un estilo tan antiguo y adornado que no pude reconocer.  Al lado, entre las sombras, había un perchero con un vestido largo y brillante hasta el suelo.  Al acercarse, el perchero se movió y ella se dio cuenta que no era un perchero con un vestido colgado sino una mujer de pie con un vestido largo y amplio de seda hasta los pies.  Nunca había visto en su vida un kimono pero a pesar del susto sintió atracción por aquella ropa colorida y elegante.  La mujer dejó caer una mano blanca y delicada, de largos dedos y muñeca fina sobre el teléfono.  Giró la cabeza para mirarla quedando de perfil.  Tenía el pelo largo, lacio y negro, atado sobre la nunca con dos largos mechones por delante que caían sobre los hombros.  Sus rasgos eran afilados y sus ojos negros eran grandes y serenos con largas pestañas negras.
– ¿Buscas algo? – preguntó con voz grave, melodiosa y aposentada.- No está aquí lo que buscas –
A la niña le corrió una descarga eléctrica por la espalda.
– Puedes venir todas las veces que quieras. Sigue buscando… No me molesta – y agregó – Tu tiempo aquí es muy corto. Vuelve cuando quieras –
La mujer giró un poco más la cabeza, suavemente, girando el torso esta vez.  Quería ponerse de frente.
Entonces la niña reaccionó.   Se dio media vuelta y escapó corriendo.  No la veía, no la escuchaba pero sabía que decía  “No tengas miedo”, sabía que sonreía y entornaba lentamente los ojos.  Saltó los escalones de la entrada y pasó a la carrera por el jardín del frente.  Las hojas volaban y volvían a caer a su paso.  Corría aterrorizada.  Pero no sentía miedo de la mujer, sentía miedo de lo que le decía.  No quería oír lo que seguía, que no podría vivir toda su vida en el bosque y un día cualquiera, demasiado pronto, tendría que irse y no volvería nunca.  No lo había dicho literalmente, no había terminado de hablar, pero a ella no le hacía falta.  El mensaje le había quedado claro, grabado en la mente como un cartel luminoso.  Y era eso lo que había querido evitar: enterarse.
Y ahora que sabía ya no podía olvidar.

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Estos son unos fantasmas coloridos y temibles que pude ver mientras viví en una casa en las afueras.  Aquí está el dibujo, más adelante subo la historia.

 

 

Fotos de cadavezdeobispas

Aquí está la primera foto de un cadavezdeobispa, como había prometido.  No me quedó muy bien porque tuve que sacarla de lejos, prometo actualizar el post con una versión más detallada más adelante.  Este un cadavezdeobispa grande, de unos 3 metros, lo retraté cuando intentaba pasar sin ser visto entre dos casas.